Tropiezos.

Escrito por hueco 25-03-2012 en General. Comentarios (0)

 

Llega un momento, a cada uno el suyo, en que nos damos cuenta de que las cosas pueden torcerse, tienden a torcerse o, incluso, nacen todas ellas torcidas. Es el precio de convertirse en mago, conocer ya el truco, deja de tener gracia lo que otros aplauden y quizá admiren. Hacer protagonista del tedio al alprazolam, más fiable que la conversación para alcanzar el sueño, menos peligroso que el alcohol para rencontrar el norte, una brújula en el desierto de la ansiedad, el oasis de alcanzar un nuevo día en el que volver a nadar a contracorriente en un continuo ahogo. La complejidad de la vida, un Tetris de decisiones que encajar, la lluvia de un código binario, la constante genética que encadena a todos los no muertos con el antes y el después. El miedo a la muerte, a no tener más consciencia de nosotros y de lo demás, por qué temer aquello que no conoceremos, si ya no hemos conocido y si ya tratamos de no conocer. Poco sabemos, apenas el apego por la acumulación organizada celular de nuestro ego, qué distinto a cada minuto que pasa. Tratar de reconocerse en las fotos antiguas, con el borrón que supone la acumulación de malentendidos en el lapso transcurrido. Todo son malas interpretaciones, desenfoque del punto de vista. Aspiramos poder entender y en el empeño ganamos el derecho a equivocarnos, una constante que nos acompañará por siempre que tengamos la capacidad de sentir y escoger. Deformar la realidad, o formar la inexistencia de la realidad en cada paso que damos en esta coreografía de sordomudos. Algunos se preocupan por su reputación, por dejar un legado con las menos manchas posibles en el currículum. Al final todo adquiere la solemnidad de lo trivial, de un cotilleo en el lava cabezas de una peluquería, a eso se reducirá el epitafio. Ahí va el mío:

 

Sufrí inútilmente, como se supone que debe ser, inútil. Reí pocas veces, pero merecieron la pena, por mucha que esta fuera. Quise a algunos, no lo suficiente como para ser un héroe anónimo, el apego a las costumbres, el miedo al cambio, que tendrá lugar de todas formas. Fingí burlarme de mis contradicciones, apenas aprendí a no luchar contra ellas. Traté de ser inocente todo lo que pude, que fue poco. Soy culpable de dejar que la vida siga su curso, qué otra cosa se puede tratar de hacer. No vi la mística en la virtud, sólo juré el sacramento de la tristeza, el pecado de no creer lo que los demás consideran como tal. Descubrí que el amor es lo que te ata para siempre, que te propondrá una partida con el dolor hasta el final, pero que esas lágrimas te enseñarán la belleza de lo transitorio, de la huella que marca la sombra que dejamos atrás. La receta de la soledad contra la compañía. El consuelo de la música, el morse de los sensibles. La perplejidad que provoca la auténtica paranoia de los normales. No he sido gran cosa, si es que alguien puede jactarse de haberlo sido, acaso por ser citado en los libros de historia. Reconozco un gran hombre como aquel que siendo un cobarde es capaz de levantarse un día más para volver a caerse otra vez en medio de nada.